¿Ser una persona sin techo puede tener ventajas? Este tema surgió un día dando un paseo y vimos escondida una rudimentaria y artesanal tienda de campaña confeccionada con plásticos entre unos árboles. El sitio no estaba mal. Sombra, un río y hierba. Como era verano invitaba a curiosear. Evidentemente no lo hicimos por ese pudor que aunque se encuentre en un espacio público esa zona tenía el halo de ser la casa de alguien, su propiedad privada.
Así surgió una conversación. Por aquella zona solía haber un mendigo que hacía varios días que no veíamos. ¿Se habrá ido? ¿Ha dejado aquí su casa? Bueno, si es un sin techo, si no tiene casa… bueno no tiene casa física en ningún sitio, pero eso mismo te da alas para viajar. Nada te ata. No tener casa en ningún sitio te permite que la tengas en todas partes. Siempre puedes encontrar un par de árboles y con una cuerda y un plástico te haces una tienda de campaña. Así de fácil. No tienes que buscar hotel por internet. Indagar cuál es la oferta más barata. Situación del hotel con respecto al centro de la ciudad o de las estaciones de tren, autobús o metro.
Tampoco tiene que tener en cuenta al reservar el hotel los gastos de cancelación de la reserva. Si llegas a un lugar y no te gusta, te vas y adiós muy buenas. Para viajar parece que hay muchas ventajas. Si vas en verano a un sitio de playa puedes dormir en la misma con el arrullo del sonido de las olas. La verdad que no tiene mala pinta.
En este punto empezaron a surgir inconvenientes. La higiene diaria no tenía muy buena pinta. Eso de coger agua directamente del río para lavarse los dientes dio un poco de dentera. Y más cuando alguien sacó en la conversación la imagen de unos dientes negros y con caries. Bueno, ya tenemos un inconveniente con lavarse los dientes. Y las necesidades… Una chica dijo eso tan usado de que como los chicos hacéis pis de pie no lo tenéis en cuenta. Y aquí un avispado caballero comentó yo leo en el “trono” y no sé si me acertaré a leer en cuclillas. Alguien comentó que eso era un problema menor porque siempre hay bares donde tomar un café e ir al servicio. Pero un café cuesta dinero y de dónde sale. Pidiendo. Nada a buscar una forma amigable de pedir. Uno que tocando la gaita, otro que haciendo malabares en los semáforos… otro que limpiando un trozo de parque. Hubo una que se lanzó por bulerías para demostrar que podía pedir y casi llueve. Total que la vida de “transeúnte” no era fácil. Así transcurrió un buen rato en una charla amigable y con buen humor entre personas que pensamos que nunca nos veremos en esa situación.
Porque al fin y al cabo, ser mendigo no es fácil.
De verdad, no lo es. Vivir solo, a la intemperie, soportando el calor y el frío. Teniendo que buscarse la vida para encontrar alimento no es fácil. Y ahora peor. Cuánta gente busca en la basura lo que otros alegremente tiramos. Cuánta gente se viste de la ropa que se entrega en Cáritas o en los contenedores solidarios. Cuánta gente sobrevive con los pocos céntimos que damos de limosna en las puertas de los supermercados. Y nuestra forma de vida cada vez crea más mendigos económicos. Porque de mendigos emocionales ya ni hablo. Mejor, hablaré en otro momento. Creo que es un buen tema para otra entrada.
Pero sigamos con nuestro tema. No, no es fácil ser mendigo. Claro que tiene sus ventajas al no encontrarse atado a nada. Es un plus de libertad. Estar solo, ser libre, no depender de nadie ni cuidar de nadie. Como mucho de un perro con el que compartir pulgas, piojos y mugre. El perro es un sucedáneo esclavo de una persona. No se queja y acompaña sin imponer. Libertad y soledad. ¿De verdad? La soledad no siempre es sinónimo de libertad, ya que en muchos casos tienes que enfrentarte a ti mismo, a veces nuestro peor enemigo. Y mi propio yo no se puede suplantar por otro ser vivo.
Aunque puestos así, yo me quedo con el papel del perro.

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